El recital de Millencolin desde una perspectiva exclusivamente personal

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Por: Piter

Sentía la necesidad de escribir un comentario sobre el concierto de Millencolin desde la guata. No algo para publicar en un medio de prensa, como ya lo hice, sino que redactar algo principalmente para mí. Una especie de desahogo en el que relate en primera persona todo lo que viví en esa tarde/noche con una de las bandas más importantes de mi vida.

Conozco a muchas personas para quienes la música no es más que una forma de recreación y, por ende, los conciertos no son más que una extensión de aquello. Ver a una banda en vivo para ellos es pasarlo bien y punto. Para mí, la música, el punk en específico, y los shows a los que asisto son mucho más que eso.

El punk me ha educado. Con el punk he aprendido mucho. Si decidí especializarme en periodismo internacional fue precisamente porque a través de distintas canciones de punk comencé a enterarme de lo que sucedía en el mundo. El conflicto en Israel, la guerra de Irak, todo lo que sucede actualmente en Medio Oriente, o cosas pasadas como la guerra civil española y la dura etapa de transición que vivió ese país, las aprendí gracias el punk.

También me sirvió para saber más de la crisis económica del 2008, de la primavera árabe, que estalló en Túnez luego de que un comerciante se quemara a lo bonzo a fines del 2010, y acerca de todo ese descontento generalizado que se adueñó del mundo al año siguiente, el 2011, como efecto rebote, y que terminó provocando ocupaciones y acampadas no sólo en el Magreb, sino que en distintas partes del orbe y con motivos muy diferentes, como ocurrió en la Puerta del Sol, en Madrid, o en Wall Street, esa estrecha calle neoyorquina considerada el corazón del capitalismo . Ya estaba trabajando en esos momentos y me enteraba de todo lo que sucedía a través de los cables de prensa, leyendo artículos de periodistas o entrevistando a analistas políticos, pero igual siempre necesitaba escuchar la visión que las bandas que me gustan daban en sus canciones o en entrevistas respecto a esos hechos o procesos.

El punk me ha ayudado también a tener una opinión política, la que muchas veces no se condice con mi práctica. Es verdad. Suelo ver a amigos muy activos trabajando en poblaciones, organizando charlas y realizando un sinfín de actividades para construir un mundo más justo y mejor, mientras yo me encuentro sentado en mi lugar de trabajo vistiendo un terno, una corbata y obedeciendo órdenes con el único objetivo de que a fin mes mi cuenta en el banco tenga los ceros suficientes para poder pagar las deudas, el arriendo, la comida y mis eternos vicios, los vinilos y camisetas de los grupos que me gustan. Los admiro mucho a ellos porque tuvieron la fortaleza y el valor, a diferencia mía, para luchar por sus convicciones.

No es ni comparable a lo que hacen ellos, pero yo intento hacer esa lucha en mi relación con la gente que me rodea. Si algo me ha dejado el punk es tratar de ser mejor con los demás, más tolerante (aunque muchas veces no lo puedo) y creer en el hazlo tu mismo. Sí, no estoy en poblaciones, tampoco he tenido una banda, ni he editado un fanzine. Pero sí trato de ayudar para que exista una escena que no necesite de las lógicas del mercado para subsistir. En el fondo, cada vez que voy a una tocata en el Bar Uno, en el Abasto, en el Arena Recoleta o en el lugar que sea, me siento partícipe de aquello. Cada vez que ayudo a quienes me lo piden con la difusión de sus shows siento que aporto con un granito de arena para que esta escena continúe existiendo. Cada vez que entrevisto a una banda creo que en algo estoy colaborando, aunque sea ínfimo.

Pero, sin duda, lo más importante que logrado gracias al punk son mis amigos. El Mati, el Tatón, el Pablito, el Coke se hicieron mis mejores amigos porque teníamos en común el gusto por las mismas bandas. Si me he hecho amistades en otros países como los Alan o el Lucas en Argentina, el Renan en Brasil, o el Alfredo en España, a quien conocí en un viaje eterno en bus desde Bélgica a Barcelona, fue exclusivamente gracias el punk.

Y si me adentré al punk fue gracias a bandas como Millencolin, una de las primeras que escuché hace ya varios años.

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Para mí ellos son más que un grupo de música, son algo fundamental en mi vida. Me han acompañado en un montón de momentos. Cada vez que los escucho es imposible no hacer flashbacks y recordarme de diversos episodios, algunos muy alegres y otros muy tristes. Mis triunfos y fracasos están acompañados de una serie de canciones y de esas muchísimas fueron compuestas por ese grupo sueco.

Días antes del concierto de Millencolin existía la posibilidad de realizar un viaje laboral a Arabia Saudita, país al que probablemente nunca más en mi vida tendré la oportunidad de ir. Pese a que yo no era el seleccionado para viajar, por distintos motivos al final, aparentemente, no había nadie más disponible. Me realizaron el ofrecimiento. En otro contexto, sin dudarlo hubiese dicho que sí de una, pero no, no podía perderme a Nikola Sarcevic y compañía. Dije que lamentablemente no podía ir. Que si no había nadie más disponible lo haría. Afortunadamente una compañera acomodó sus compromisos y viajó. Le debo una.

Mucha gente, no de mi trabajo, sino que familiares, amigos y conocidos a los que les conté de mi decisión, no me entendieron. “Pero si a Millencolin ya lo has visto como tres veces”, me dijeron. Sí, pero cada concierto es distinto, cada experiencia que vivo en un show no tiene nada parecido con la anterior. Y, además, no era el recital de cualquier banda, era el de uno de mis grupos de cabecera. No podía perderme el show, sabía que no podía hacerlo.

Sí, existía la posibilidad de que hicieran un concierto de mierda, desganado, con un setlist aburrido, como sucedió el 2008. Pero yo tenía la esperanza que no iba a ser así. Muchos amigos me dijeron “a Millencolin ya los vi”, “no estoy ni ahí con verlos de nuevo”, “ya no tocan tan rápido como antes”, etc. Pero yo, sin más base que la ilusión, quería volver a verlos porque juraba que iban a realizar un show perfecto.

Y hoy, días después del concierto, creo que tomé la mejor decisión de todas al no viajar. Estar en la cancha del Teatro Cariola girando casi sin fuerzas al ritmo de canciones que marcaron mi vida, como ‘Mr. Clean’, ‘Dance Craze’ o ‘Leona’, que forman parte de ese discazo llamado “Tiny Tunes”, para mí es mil veces más importante que estar en el país más exótico del mundo, viviendo experiencias que, sin duda, también serían alucinantes. Cantar una vez más el coro de ‘Olympic’ que dice “don’t like me, don’t like, don’t you know I’m good for nothing”, me acelera el corazón y me hace sentir más vivo que cualquier otra experiencia.

Llegué solo al concierto de Millencolin. Antes de ingresar al recinto ubicado en San Diego vi cerca de la puerta el semblante de alguien que me parece familiar. Era el Chiki, un viejo amigo. Hace doce años siempre nos encontrábamos en todas las tocatas. Nos devolvíamos juntos en la micro y nos bajábamos en Irarrázaval con Macul. Yo caminaba rumbo a Grecia, mientras que él lo hacía por Chile España. Esos viajes en micro eran bacanes. Sólo conversábamos de lo que, erróneamente en ese tiempo, llamábamos “hardcore melódico”, de las bandas que nos gustaban y de las que soñábamos con ver. Soñábamos, sí. Porque creíamos casi imposible que alguna de ellas vinieran a Chile. Compartí un rato con el Chiki y fue imposible no acordarme de esos viajes.

Ahí ya empecé a tener claro que no me había equivocado en mi decisión. Desde que sonó ‘Egocentric Man’, la primera canción, caí en una especie de éxtasis que se fue acrecentando en cada canción. Con ‘Penguins and Polarbears’ mi felicidad aumentó. Puta que me gusta ese tema. Estaba vuelto loco y recién llevaban dos canciones.

Con la tercera ya caí rendido. Las tres veces anteriores que Millencolin vino a Chile me cansé de pedir que tocaran ‘Twenty Two’, pero nunca lo hicieron. El 2008 tenía justo 22 años y quería cantarla en vivo. Creía que era la ocasión perfecta para corearla, pero no la tocaron. Nueve años después pude hacerlo. Me abracé con el Coke, empezamos a poguear, me separé de él, fui hacia adelante, le pedí a alguien que me levantara y empecé a trepar entre cabezas, hombros y brazos, intentando no caerme mientras levantaba el puño en alto gritando “I’m twenty two, twenty to, feeling blue” hasta quedar sin aire.

Me imaginé en Riyadh enterándome de que sí tocaron ese tema. No me lo hubiese perdonado. “Menos mal que no viajé”, dije para mí mismo en ese momento.

Cada corte de Millencolin provocó distintas reacciones en mí. Fueron viajes al pasado, al presente y también al futuro. En ‘Bullion’ me encontré en medio del pogo con el Carlitos, uno de mis mejores amigos que he conocido gracias al periodismo. Las primeras veces que nos vimos no hubo mucha afinidad entre nosotros. Nos saludábamos cordialmente e intercambiábamos un par de palabras nada más, hasta que un día sentados en una reunión de pauta él vio la polera que tenía puesta (no estoy seguro pero parece que era de Nada Que Hacer) y me preguntó si me gustaba el punk y el hardcore. Desde ese día nos hicimos grandes amigos.

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En ‘Bullion’ me encontré también con el Pato, un compañero del Arturo Alessandri Palma que tenía en su mochila un parche de MXPX. Éramos de la misma generación, pero íbamos en curso paralelos. Nunca fuimos tan cercanos, pero lo admiraba por todo lo que sabía sobre punk. Siempre iba un paso más allá que los demás compañeros del liceo. Conocías a un grupo y él ya conocía cuál era la banda nueva que habían formado esos integrantes. Le presentabas un grupo nuevo y él sabía cuáles eran sus influencias. Yo empezaba saber del melódico, y él ya hablaba del oi!, del machocore, del straight edge y de tantos otros términos que para mí eran totalmente desconocidos. Lo que más admiraba de él es que conocía todo eso en una época en que no todos tenían internet y en la que tampoco había tanta sobreinformación como ahora. Todo lo aprendía en la calle.

Suelo verlo seguido en los shows, ya sean melódicos, de hardcore o de punk. Siempre es bacán saludarlo, conversar con él algunos segundos y ver que sigue ahí en lo mismo de siempre. En la enseñanza media éramos tantos los que escuchábamos punk en el colegio, pero ahora son tan pocos los que siguen en esto. Para muchos no fue más que una moda pasajera. No fue más que usar un gorrito con malla, cinturón con remaches, parches y chapitas en la mochila, o hacerse un mohicano, apitillarse los pantalones, usar chalecos de gendarme con alfileres de gancho y bototos con cordones rojos. Una moda estética que sólo duró un par de años. Salieron del liceo y estaban en otra. Pero para el Pato no fue así, para él el punk fue, es y será su vida.

Su vida, como lo es también para el Diego, mi inseparable compañero de tocatas en esa época. Él me llevó a una de los primeros shows a los que fui. Tocaba Asphix y terminé con la nariz quebrada luego que alguien de mala leche, y nunca entenderé el porqué, me pegara un combo. Pese a la sangre y al dolor, no dejé jamás de cantar ni poguear. Ese día, mientras la hemorragia no dejaba de fluir desde mis fosas nasales, mientras mi polera se teñía con distintas manchas rojas, comprobé que era ahí, en medio de ese torbellino de gente que giraba incesantemente, el lugar en el que me sentía más feliz. No vi al Diego en el concierto, pero supuse que tenía que estar cantando a más no poder. Es de los pocos, junto al Pato, que sigue en la misma.

Faltó alguien, eso sí, el Guatón Cardenas. No éramos tan amigos, pero siempre me lo encontraba en shows. Nos saludábamos y compartíamos nuestra alegría por estar ahí. Una leucemia, esa misma enfermedad con la que murió de manera fulminante mi tía más querida a comienzos de años, se llevó al Guatón el 2012. No estuvo en el pogo ese día, pero sé que hubiese estado ahí. El viernes tocó Pennywise, una de las bandas que más le gustaba. Extrañé no verlo.

Mientras sonaba ‘Fox’ fue imposible no acordarme del Gonzalo, un compañero de la Usach, con el cual nos acercamos mucho en un determinado momento precisamente porque teníamos en común el gusto por Millencolin. A él le gustaba mucho esa canción. El 2008 los fuimos a ver. Como ya lo dije hace un rato, si bien ese concierto no estuvo tan bueno, sí fue un episodio que marcó nuestra amistad, al igual que el show de NOFX el 2006 y las hilarantes aventuras que vivimos ese día.

Hoy, el papá de Gonzalo está muy enfermo. Él es católico y pide constantemente por las redes sociales que se hagan cadenas de oración para pedirle a Dios y a la Virgen que recen para que su papá pueda estar mejor. Yo soy ateo, no creo ni en Dios y la Virgen, pero en el concierto me acordé mucho de él y traté de mandar todos mis deseos y todas mis fuerzas para que su papá esté mejor. Mientras pogueaba también lo hacía por él, imaginando que quizás en otro contexto, hubiese estado ahí.

También me acordé de mi hermana, otra de las personas que me influenció mucho en mis gustos musicales. Para ella el “hardcore melódico” no fue más que una moda pasajera, ahora está en otra, pero sí jugó un factor importante en mis acercamientos al punk.

Nunca hemos tenido muchas cosas en común, siempre he tratado de ser lo más distinto a ella, pese a que estudiamos la misma carrera. Ella era la popular, la sociable, la cool, mientras yo era el antisocial, el rechazado, el perdedor. Sin embargo, cuando me presentó esas canciones rápidas e intensas que no superaban los dos minutos no pude resistirme. Lo intenté, sí. No quería que me gustara lo mismo que a ella, pero no pude. En unos meses más mi hermana va a ser mamá, quiero ser un tío bacán y presentarle a mi sobrina todas esas bandas que cambiaron mi vida.

Mientras pogueaba, la ex que probablemente más me ha marcado en la vida disfrutaba del show con la nueva persona con la que anda. Era un concierto en el que alguna vez pensamos ir juntos, pero la complejidad y fragilidad de las relaciones interpersonales, el egoísmo mutuo y esa lucha de egos que tantas veces cagan las relaciones lo impidió. No sentía rabia, impotencia, ni rencor. Era su primera vez viendo a Millencolin y probablemente su primera vez en un concierto de punk rock. La zorra que haya estado ahí, que se haya impregnado de esa magia y esa euforia, que yo al menos, sólo encuentro en medio del pit.

Los suecos tocaron una canción que alguna vez le dediqué. Me volví a subir el público y la canté con todas mis fuerza. Creo que esa fue la mejor forma de cerrar un capítulo que se estaba extendiendo simplemente por ego y que, en el fondo, lo único que generaba era más daño. No sé si lea esto alguna vez, pero le deseo lo mejor, porque como dice Millencolin en uno de mis temas favoritos y que tocaron en el 2010 en el Teatro Novedades, después de todo “I am her friend till the end”.

Me encontré con otra ex en el show, de quien me sentí atraído precisamente por su gusto por el punk. En algún momento coincidimos en la misma canción. Estábamos al lado. No sé si se me vio, yo sí la vi. No le hablé, ella tampoco lo hizo. No sé si lo vuelva a hacer, porque la relación quedó muy deteriorada. Canté al lado de ella durante algunos segundos, hasta que fui para delante y nos perdimos, al igual como sucedió con nuestras vidas hace ya tiempo. Me gustó verla ahí.

También compartí con la Anamías y el Charly de Viveg, dos de las personas más punk que conozco y con quienes tuvimos la posibilidad de conocer a Millencolin minutos antes del show. Yo estaba muy nervioso. No me gusta endiosar a los integrantes de los grupos que me gustan, pero ese día mandé todo a la mierda y me saqué fotos con la banda y pedí que autografiaran dos discos y un cassette. En algún momento del show pogueé con el Abel, con quien alguna vez tuvimos ciertas distancias porque nos gustó la misma persona, pero que ahora nos llevamos la raja, sobre todo después de un viaje a Brasil para ir a un festival que se terminó cancelando. No pudimos ver a ninguna de las bandas por las que viajamos, pero esa experiencia si algo logró fue fortalecer nuestra amistad. Ver a todos ellos tan contentos le vuela la raja a estar en Riyadh.

Estar minutos antes de que empezara el concierto con la Cona, que se ha convertido en una persona muy apañadora en el último tiempo, o con el Javo, con quien converso desde hace muy poco pero que conocía de vista desde hace tiempo, y comentar ansiosos las canciones que queríamos escuchar es mejor que cualquier viaje laboral. Al igual que encontrarme con el Peter, al que conocí por su fanatismo por el melódico, con el Taza de Nada Nuevo, con el Erwin de Valium, con el Felipe de Waterglass, con el Charly (amigo de Abel), con el Iván, quien se robó la película en el show de Lagwagon hace un par de años gracias a sus tremendos saltos desde el escenario, con los hermanos Ferreira, o con el Lucho de Mustang, a quien ya es una tradición abrazarlo en el circle pit y girar juntos durante algunos segundos, mientras aguantamos los embistes de quienes corren detrás de nosotros hasta que nos separamos y cada cual toma su propio rumbo en medio de esas decenas de personas que giran incesantemente formando esa ronda que para mí es el círculo más bonito que he visto en mi vida.

Vi varios rostros que me son muy familiares, pero con los que no he hablado nunca. Los he visto infinitas veces en esa batalla campal que se forma cuando vemos en vivo a nuestros grupos favoritos, a esas bandas con las que desde chico alucinábamos con ver. Uno de ellos es ese gigante de dos metros que se ha convertido en el personaje ícono de los conciertos melódicos. Cada vez que lo veo en un show sé que se armará un pogo perfecto. Así estaba en Millencolin, corriendo, saltando y esforzándose en los segundos de silencio para que todo el público se moviera hacia atrás y hacia los costados, y así hubiese un espacio amplio para girar. Es el capataz y el obrero del circle pit.

No tengo idea cómo se llama, pero siempre lo veo en todos los show de punk melódico cantando extasiado. En Millencolin me acerqué a él y le dije “tienes tremendo aguante, loco. Te admiro caleta”. “Gracias”, me respondió él. “El próximo viernes hay que estar acá mismo cantando con Pennywise”, agregó, dando a entender –o, al menos, yo quise entenderlo así- de que para él ir a los conciertos también es mucho más que ir a escuchar una banda y pasarlo bien por un rato.

Millencolin se mandó un show espectacular. Creo que el mejor de los que le he visto. El setlist estuvo la zorra, pero lo que más me llamó la atención fue la pasión que derrocharon en el escenario. En las ocasiones anteriores encontré que eran una banda media apagada, pero ahora sentí todo lo contrario. Se veían felices y esa felicidad que irradian ahora, curiosamente ocurre justo cuando lanzaron un disco en el que volvieron a hacer lo que mejor hacen: tocar punk rock rápido y pegajoso, y no dedicarse a experimentar ni tocar música “más madura”.

Millencolin fue por mucho tiempo mi banda favorita. Después del “Home From Home” poco a poco comencé a alejarme de ellos. Llegué a odiarlos cuando escuché el “Kingwood” y a detestarlos con el “Machine 15”. Pero en el último tiempo me volví a reencantar con ellos. Muy importante en aquello fue el “True Brew”, que para mí es su mejor disco en los últimos trece años. El sábado me reconcilié con Millencolin. Les declaro mi amor para toda la vida, sobre todo después de ese tremendo concierto que con el de 7 Seconds en el Arena Recoleta se pelean palmo a palmo el primer lugar no sólo en mi ránking de shows del año, sino que en de los shows de mi vida.Terminó el recital y me fui para mi casa igual como llegué, solo. Regresé raja, muy cansado y con la idea de escribir una reseña que tenía que enviar en la mañana del día siguiente. Apreté las teclas muchísimas veces, pero ninguno de los párrafos que escribí me convencieron. Tras varios intentos fallidos, llamé al Carlitos para saber qué estaba haciendo. “Estoy en un cumpleaños en un departamento en Bellavista. Vente para acá” me dijo.

Sin mucha expectativa fui al carrete. No conocía a nadie y, la verdad, me cuesta bastante relacionarme con la gente que no conozco y, muchísimo más cuando creo que tengo pocas cosas en común con ellos. No sé por qué, pero me siento medio inseguro en esas situaciones. Tímidamente saludé a un cabro que probablemente tenía mi edad. “Él es mi amigo, se llama Pedro Rossel”, le dijo el Carlitos. “¿Rossel?, ¿El que escribe sobre punk?”, preguntó él. “Sí, algunas veces lo hago, pero ahora casi nunca”, le respondí. “Te he leído algunas veces. Me gustó la que escribiste sobre Los Crudos”, agregó. Curiosamente, esa ha sido una de la reseña que más me han criticado negativamente. Me hicieron pico en los comentarios. Quizás dijo eso para para reconfortarme. No lo sé.

Yo tengo un sentimiento bastante contradictorio con las reseñas que hago. Nunca me dejan conforme. Siempre que las releo encuentro que debían haber sido distintas. Me siento inseguro al compartirlas y que otros la lean. Me da mucha vergüenza ver los comentarios de la gente. La mayoría de las veces me gusta pasar lo menos desapercibido posible, por eso, me pongo muy inseguro cuando aparece mi nombre en los créditos. Quizás por eso mismo disfruto tanto girando en el slam, porque ahí no me distingo, soy uno más en medio de esa masa de gente que corre junto a mí.

Sé que escribo relativamente bien, ya que no cometo muchas faltas de ortografía. Soy ordenado y estructurado para expresar mis ideas de manera clara. Sin embargo, siempre he encontrado que tengo muy poca creatividad. Mi prosa es muy sencilla. Por eso, cuando me doy cuenta de la simpleza de mis textos, de que carecen de mayores análisis, de que son muy básicos en sus descripciones, de que no tienen recursos literarios, ni metáforas, ni palabras bonitas que hagan el relato más interesante, me frustro.

Escuchar ese comentario me alegró. Fue como sentir que las “weás” que escribo, quizás tan malas no son. Tal vez logran que alguien se sienta identificado, pese a que son textos sencillos y llenos de lugares comunes.

Si me puse a escribir sobre punk fue porque hace ya harto tiempo, un gran amigo del colegio, el Equistene, me lo pidió. Había creado 192.cl hace poco y me dijo que quería que escribiera reseñas y críticas de los discos y conciertos de las bandas que me gustaban. El Cristian no vacila mucho el punk. Los dos discos de Millencolin que más le gustan son los que yo encuentro más malos. Lo vi también ese día. Nos saludamos de un abrazo y no lo vi más. Le debo a él caleta por animarme a plasmar en textos las vivencias que experimento en cada show.

Tras ese paréntesis vuelvo a hablar del carrete. Al agarrar confianza y ver que había un par de personas con la que teníamos en común el gusto por el punk, bajamos de la terraza del edificio al departamento. Ahí nos sentamos en los sillones. Las conversaciones se convirtieron en diálogos entre pocas personas. Cada cual hablaba con el que tenía lado. Para intentar romper con esa dinámica e integrar a todos en un solo grupo, alguien agarró una guitarra y empezó a cantar una canción. Era una de Eterna Inocencia. “A los que se han apagado”, creo.

Tímidamente comenzamos a corearla hasta que finalmente todo el carrete, incluso gente que jamás me hubiese imaginado que escuchaba punk, empezó a cantarla. Lo más sorprendente es que la mamá del cumpleañero, quien probablemente tendría unos 55 años, también la cantó. “Se sabe una canción de Eterna. ¡Qué bacán!”, comenté sorprendido. Esa sorpresa después se transformó en admiración cuando la señora se convirtió en la voz líder durante varios minutos. “Tóquense una de La Polla”, pidió. Segundos después comenzaron a tocar “Ellos dicen mierda”, mientras ella cantaba tan extasiada como yo en el concierto de Millencolin.

Se sucedieron temas de Attaque 77, de Loquero, de Piperrak, de 2 Minutos, de Flema, de Fun People y de tantos otros grupos. Era demasiado la raja estar ahí. ‘Tóquense La Tabla’, pidió muchas veces la señora, a quien denominamos como la “tía punk”. Y sí, se sabía ‘La Tabla’ de Peor Es Nada a la perfección, jajaja. Tremenda ella. Hizo que las horas post Millencolin fueran mucho mejores.

Como a las 05:30 nos fuimos con el Cariltos. Caminamos un par de cuadras en medio de la oscuridad por Bellavista, mientras conversábamos de las tocatas, de las bandas, de los shows que se vienen y de épocas pasadas. De nuestro fanatismo por Nada Que Hacer, una de las pocas bandas melódicas de Latinoamérica que no cantaba desde la tristeza o el fracaso, sino que desde el optimismo. “Jamás Perderé la Fe”, es uno de los temas que a ambos nos gusta mucho.

Pasamos al lado del Bar Uno, un lugar que para todos los que vacilamos esto es especial. Me contó que no le tenía mucha fe al show de Millencolin, que el 2013 cuando fue a Lagwagon se aburrió y se dio cuenta ese día que ya no le gustaba tanto el punk melódico. Fue a Millencolin porque encontró que la entrada para Blur era muy cara y tenía ganas de sacarse la frustración con algún otro concierto y escogió el de los de Örebro. Fue desganado, pensando que iba a ver a puros cabros chicos y que iba a tomar una actitud distante en el concierto. Sería un actor pasivo, lo miraría desde atrás. Pero apenas escuchó “Penguins and Polarbears” se fue adelante y no pudo salir de más ahí.

Llegué a mi casa como a las 6:00 a escribir la reseña de Millencolin. Estaba un poco más inspirado. Escribí un texto que si bien no lo encontré malo, no me pareció nada del otro mundo. Abusé de los mismos lugares comunes que uso siempre y que, probablemente, he usado varias veces en esta especie de vivencial. Traté de transmitir un poco lo que yo había sentido y espero que quiénes hayan leído esa reseña, publicada en Rockaxis, lo sientan así.

Pero pudo haber quedado mejor, obvio. Pude haber hecho juegos de palabras con alguna canción o hacer alguna referencia al oso que se encontraba plasmado en el lienzo instalado detrás del escenario. Pude ahondar más en detalles, ser más descriptivo, pero no lo hice. Me cuesta hacerlo, sobre todo cuando tengo que mandar la nota de manera rápida y es poco el tiempo que tengo para pensar.

Terminé la reseña, la mandé y finalmente quedé desocupado para poder dormir. Pero no tenía sueño. Agarré mi teléfono y comencé a escuchar Against Me!, Anti-Flag, Descendents, Bouncing Souls y tantas otras bandas que han estado conmigo durante casi 15 años. Estaba raja, estaba cansado, casi muerto, pero no tenía sueño. Me quedé horas y horas escuchando punk rock, algo que para algunos es sólo música, pero para mí (si llegaron hasta acá leyendo espero que se hayan dado cuenta de eso) es mi vida.

Menos mal que no fui a Arabia Saudita. No me habría perdonado nunca haberme perdido un día tan lindo como el que viví.

Escribo esto ahora porque, como lo dije más arriba, sentí la necesidad de relatar el concierto de Millencolin desde una mirada exclusivamente personal. Antes del show me sentía tan emocionado, tan ansioso y tan nervioso como cuando bajaba por las escaleras del Estadio Víctor Jara la primera vez que los vi. Después de ese concierto escribí un texto que publiqué en mi blog. No sé dónde estará, pero quise transmitir la emoción de mi primera vez. Terminado el show del sábado estaba más feliz y más emocionado que aquella noche de marzo del 2006, por lo que sentí que debía hacer lo mismo y empezar a escribir desde las emociones todo lo que viví escuchando en vivo a ese cuarteto sueco el sábado 7 de noviembre, día que, aunque suene cliché, nunca se me olvidará, día en que durante sesenta minutos jamás dejé de poguear.

Video vía: Sonidos Subterraneos
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Un comentario en “El recital de Millencolin desde una perspectiva exclusivamente personal

  1. Me gusta millencolin desde hace mucho tiempo, menos que tú eso si, creo que fue 1 año antes del primer concierto aqui en Chile, fui creciendo con el tiempo, anduve en skate, cambie mis gustos, empezandome a gustar la música electronica, ahora mis gustos son muy expandidos, glitch hop, electro, ramas dentro de la electronica, pero sigo escuchando mis viejas bandas como lagwagon, this is a standoff, beldevere, rehasher, entre muchas, aun así nada y nunca durante los años me ha hecho sentir como Millencolin, tal como mencionas ahí, cada canción tiene relación con algo en mi vida, ellos me han enseñado a como vivir, a no darme por vencido, a superar dramas amorosos y sobre todo a agradecer lo que tengo, greener grass es un temón que para mi nada en la vida lo superara, right about now muchas veces me ayudo a tirar pa’ arriba, battery check, vixen,fingers crossed, entre muchas. Pasen los años, pasen las tendencias, pase mi vida, siempren seran lo mejor y esa noche me volvieron a recordar por que lo eran, sus canciones tienen sentimiento, la bateria , las guitarras, el bajo , las vocals ,la letra está todo unido y cada vez que escucho esa union, es un empujon que me dan para poder seguir viviendo y ver que todo no esta tan mal despues de todo.

    Saludos y muy genial el articulo! Es bacan saber que no soy el unico que ve Millencolin de esa forma

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